DÍA MUNDIAL DE LA EDUCACIÓN

DÍA MUNDIAL DE LA EDUCACIÓN

Cada 01 de abril se recuerda el Día Mundial de la Educación con base en los acuerdos firmados entre la ONU y la UNESCO.

Algunas de las premisas que se establecen son:

  • lograr la educación de calidad para todas y todos y el aprendizaje a lo largo de la vida;
  • movilizar el conocimiento científico y las políticas relativas a la ciencia con miras al desarrollo sostenible;
  • abordar los nuevos problemas éticos y sociales;
  • promover la diversidad cultural, el diálogo intercultural y una cultura de paz;
  • construir sociedades del conocimiento integradoras recurriendo a la información y la comunicación.

Hoy nadie pude discutir el derecho que tiene la persona a la educación y su desarrollo espiritual y material. Pues todos los estados del mundo proclaman el derecho a la educación.

Muchas veces, por cuestiones circunstanciales, de culturas o tradiciones este derecho se ve vulnerado.

En estos singulares momentos que nos tocan vivir, deberíamos pensar en la reformulación de los criterios educativos.

Durante siglos se ha venido usando la educación para formar personas al servicio de la sociedad poniendo como principal objetivo la capacitación para el desarrollo de habilidades especialmente laborales. Sin embargo, es muy poco lo que se ha hecho para lograr que el ser humano se desarrolle como tal y no en función a la utilidad práctica que puede resultar de su capacitación.

Puesto el carro delante de los caballos, la educación que se proclama y desarrolla es cada vez más materialista e inútil. Pese a que las modernas tecnologías han puesto la información al alcance de un clik, siguen empeñados en dar contenidos que poco y nada hacen al beneficio de la persona en sí misma.

Desde una matemática mercantilista que desde criaturas condiciona a comprar cosas que pagan con dinero y resuelven si les alcanza, les sobra o les falta en vez de usarla para descubrir la magia que encierran los números en la armonía de la naturaleza, en la resolución de acertijos lógicos o en la diferencia entre equidad e igualdad, hasta historias en las que se acumulan fechas, nombres, guerras, muertes, acciones que nada interesan ni sirven a los niñas y niños que deben forzarse en aprender de memoria datos que se irán inmediatamente luego de haber aprobado los exámenes burdos que supuestamente determinan de una manera absurdamente competitiva que unos son más inteligentes que otros por el solo hecho de haber memorizado más o menos.

Y ni hablar de geografías despojadas de paisajes, modos de vida, costumbres cotidianas o comidas extrañas o clases de castellano en las que en vez de aprender a usar el idioma para la comunicación lo usan como castigo llenando los textos de rayitas absurdas que marcan sujetos, predicados, verbos, objetos directos y un montón de cosas que jamás recordarán al momento de escribir logrando, exclusivamente, que no quieran escribir por temor a equivocarse. ¡Y ni hablar de las lecturas aburridas de textos del siglo XIX!

Ojalá que este momento tan dolorosamente singular que nos está tocando vivir nos ayude a reflexionar sobre el porqué y el para qué de la educación y la reformulemos incorporando palabras ausentes en los sistemas convencionales tales como amor, solidaridad, igualdad, fraternidad, paz… y tantas otras que hacen, realmente, a la auténtica formación de las personas.

(La imagen que ilustra este artículo se refiere a la transversalidad, la que deberá ser uno de los principales objetivos en la reformulación educativa).