JUSTICIA POR MANO PROPIA
Sé que muchos están de acuerdo con lo hecho por el joven que días pasados persiguió a unos ladrones y los atropelló con su camioneta, matándolos.
Ya vez pasada innumerables posteos apoyaban a quien se bajó de su auto con un hacha en la mano amedrentando así a un grupo de limpiavidrios.
Con asiduidad vemos, leemos, escuchamos gente que apoya los “linchamientos” (1)
En cualquiera de los casos nos encontramos ante hechos que atentan contra el derecho positivo. Todos somos inocentes hasta que se demuestre la culpa. Y la culpa se demuestra en un juicio.
En el caso de este muchacho que mató usando su camioneta como arma, hay dos argumentos inválidos: la justicia por mano propia y el ejercicio de la legítima defensa.
En un estado de derecho la justicia está en manos del Poder Judicial. Si este no funciona como querríamos que funcione (o como debería funcionar), habría que revisar cómo está integrado este poder o cómo son las leyes que se promulgan.
La legítima defensa existe cuando, ante una situación de agresión, uno responde de manera proporcional a la agresión recibida. Podría discutirse la proporción, ya que un mastodonte de 200 kilos es, de suyo, un arma. Lo mismo que si atacan con un cuchillo y uno se defiende con una pistola, que es lo que encontró a mano.
Salir con un arma (o, como en este caso, con un vehículo usado como tal) y matar a quien antes robó, haya usado o no un arma para ello, no es, bajo ningún concepto, defensa propia. Es, lisa y llanamente, una acción premeditada. Quizás, hasta alevosa, pero, de ningún modo, instantánea ni en defensa.
La argumentación, evidentemente armada tal como lo permite el derecho, ya que una persona puede mentir en defensa de sí misma, pretende justificarse, y algunos periodistas se esfuerzan desmesuradamente en apoyo de esta justificación, hasta llegar al punto de la incoherencia evidenciada por la magnitud de los gritos y las bárbaras expresiones infundadas, decía, pretende justificarse diciendo que “persiguió a los ladrones para identificar dónde vivían para denunciarlos posteriormente y, como los ladrones le apuntaron con un arma, se agachó y así los atropelló”.
Hay una línea que separa a los delincuentes de los honrados. Si se la cruza, se comete un delito. Así de simple.
¿Qué no se puede vivir en una sociedad repleta de ladrones, de motochorros, de drogadictos dispuestos a matar por un celular? ¡Cierto! ¡Muy cierto!
Tampoco se puede vivir en una sociedad repleta de funcionarios públicos que se roban el dinero destinado a construir escuelas, que se roban el dinero de las meriendas escolares, que se adjudican sueldos y sobresueldos fabulosos, que se asocian al narcotráfico o que hicieron sus fortunas con el lavado de dinero.
Entonces ¿qué hacer? Exigir que la policía ejerza su función primordial, que es cuidar el orden público con acciones preventivas, en vez de cuidar funcionarios públicos, negocios particulares, estadios deportivos o asociándose con los delincuentes liberando zonas o participando de los beneficios de la mafia de los cuidacoches. Denunciar con vehemencia a los funcionarios ladrones y sancionarlos de manera efectiva con la aplicación de la ley o con la sanción del voto en las elecciones, eliminando las listas sábanas que sirven para cubrir los nombres de los que una y otra vez ocupan los cargos públicos con el único objetivo de cargar sus cuentas bancarias.
- El término linchamiento tiene dos posibles orígenes, uno, a partir de acto llevado a cabo por James Lynch Fitzstephen, alcalde de Galway (Irlanda), quien se hizo famoso cuando en 1493 hizo ahorcar a su propio hijo tras acusarlo de asesinato. La segunda teoría se refiere a Charles Lynch, juez del estado de Virginia (EE. UU.), quien en 1780 ordenó la ejecución de varias personas sin juicio previo.
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Redaccion

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