24 DE MARZO DE 1976

24 DE MARZO DE 1976

Mientras que muchos cómplices por comisión u omisión insisten en tratar de cubrir con un manto de olvido la nefasta fecha y la aún más nefasta dictadura impuesta a partir de ese día aciago, otros, juramentados en mantener viva la memoria de la terrible historia, seguimos relatando, sin tapujos y sin más intención que evitar que la historia se repita, los hechos que más allá de las interpretaciones dejaron la impronta de lo fáctico.

Con la excusa de contrarrestar las acciones de grupos subversivos, las fuerzas armadas se erigieron como los celosos custodios de la sociedad, diciendo preservarla de las acciones ateas y salvajes de los grupos que atentan contra ella.

Muchos civiles se alinearon tras los militares, empujándolos a cometer las acciones más deleznables que se puedan cometer contra sus prójimos.

Secuestros arbitrarios, prisiones clandestinas, tortura, muerte, aberraciones indescriptibles que solo la mente enferma de sociópatas podría justificar se dieron ante la mirada cómplice de quienes se escudaban en la frase reiteradamente esgrimida de “Y… algo habrán hecho”, como si hubiese algo que pudiese justificar tanta barbarie.

Quien esto escribe ha visto, como muchos que sobrevivieron a la terrible represión, cómo, en la salida del subte, separaban a unos de otros agarrándolos de los pelos y que a unos se los llevaban vaya a saberse a dónde y que a los otros los dejaban seguir, sin importar si estaban juntos, si eran pareja, padre e hijo, madre e hija, compañeros de estudios… La cosa era al azar. Uno para adentro y otros seguían. Así, simple. La consigna era, simplemente, implantar el terror, que a nadie se le ocurriese pensar que era fácil disentir. Los elegidos para llevarse, eran sometidos a torturas terribles en las que una y otra vez les pedían nombres. No importaba de quién. No importaba si eran ciertos o no. Nombres. Eso querían. Esos nombres servirían para hacer listas y esas listas para justificar las bárbaras recorridas en busca de subversivos. Y algunos, sin poder aguantar, denunciaban a amigos, parientes, conocidos. Algunos aprovecharon para cobrar facturas de enemigos casuales. No importaba la razón. Lo importante era elaborar las listas.

Además de matar a muchos directamente, a otros se los condenó a una agonía económica. Se congelaron los salarios, se eliminaron los sistemas de control de precios y se incrementó el tipo de cambio produciendo un deterioro del 30% del salario real de las clases trabajadoras.

Mientras tanto, los sectores dominantes de la sociedad que disponían del acceso al crédito internacional se volcaron por la “bicicleta financiera” en detrimento de la inversión productiva.

Al finalizar la dictadura, la deuda había aumentado un 449%. La misma había ascendido de ocho mil doscientos millones de dólares en 1976, a 45 mil millones en 1982.

¿Cómo pueden pretender que se olvide tanta barbarie?