¿CELEBRAR EL TRABAJO?
Todas las fuentes apuntan a que La Biblia es el libro más leído en el mundo. Al menos, el más impreso. Calculan que se imprimieron más de 6.000 millones. Muy por encima de los 900 millones de “El pequeño libro rojo” de Mao Tse Tung o los 800 millones del Corán.
Podríamos decir que la cultura occidental está condicionada por ese libro que algunos adjudican al cristianismo sin recordar que, de la primera parte, el “Antiguo testamento”, comparten cinco libros con “La Torá” hebrea. Es decir que sí, que el mundo occidental está condicionado en gran medida por este libro.
Sirva esta introducción para fundamentar que, en nuestra civilización, desde el principio de los tiempos, el trabajo es un castigo divino.
Si tienen ganas lean el Libro del Génesis, capítulo 3, donde está eso de que no podían comer de los frutos del árbol, Adán, Eva, la manzana, la serpiente y la expulsión del Edén con la frase “Ganarás el pan con el sudor de tu frente” mientras condenaba a su mujer a parir con dolor, etcétera, etcétera.
Lo cierto es que, con mansa resignación, hubo un montón de gente que entendió que le tocaba trabajar mientras que a otros, por vaya a saberse qué virtudes, les tocaba mandar y quedarse con las ganancias.
Así fue que hubo pobres y ricos. Los que trabajan y los que no. Valga reconocerse que ha habido gente que se enriqueció trabajando. Pero fueron los menos. Los más, lo hicieron robando, estafando, vendiendo esclavos, ganando guerras, usurpando territorios, seduciendo princesas, vendiendo falopa, lavando guita y lindezas parecidas.
Cuando los que se partían el lomo trabajando en los feudos del señor feudal se permitieron levantar la cabeza para reclamar ¡zás! se las cortaron y como respuesta surgió que “el rey era designado por Dios”. Punto final. Con Dios no se discute.
Hubo guerras, revoluciones, huelgas, conflictos varios tratando de equilibrar un poco la cosa, pero no funcionó. Aún no funciona. Quienes tienen el dinero tienen el poder. Y el que no lo tiene, que labure.
Algunos gobiernos en el mundo fueron entendiendo la cosa y buscaron equilibrar el asunto con jornadas laborales reducidas, participación en las ganancias, seguros de desempleo, aguinaldos, vacaciones, jubilación… Otros, como uno muy cercano, muy reciente, que dijo “Quiero que me juzguen por si pude o no pude reducir la pobreza. Ahora: de ese lugar se sale trabajando, no por una ley”, jamás entendió.
El trabajo debería ser un derecho inalienable que tengan todas las personas en función a sus intereses personales, habilidades y voluntad de desarrollarlas. No puede, ni debería, ser el fin último del acontecer humano. Es absurdo seguir con sistemas que dedican 13 o 14 años para capacitar mínimamente a un ser humano para pasar el resto de su vida en la caja de un supermercado o tras un mostrador. Y si no quiere ese destino, deberá sumar entre 6 y 10 años más para acceder a la posibilidad de un puesto algo superior sabiendo, desde un principio, que el límite lo fijará si tiene la suerte de que acontezca algo extraordinario, algo más allá de su simple voluntad de progresar.
En contrapartida, así como hay gente que heredó casas, terrenos, autos, negocios, negocitos o negociazos, hay gente que está sumida en la pobreza, porque hace generaciones que vienen heredando pobreza.
Pongamos, por caso, que los abuelos fueron pobres, vagos, borrachos y ladrones. Sus hijos, heredaron de sus padres y los hijos de los hijos también. No recibieron educación, ni buenos modales, ni ejemplos de vida (o sí, pero esos).
Quizás Juancito, nieto de pobres, vagos, etc., logró encontrar la manera de zafar y estudió y consiguió trabajo. Pero a Fulanito no se le dio. No pudo, no supo, no quiso porque no sabía qué podía querer.
Para partir de la premisa de que querer es poder y que cada uno es artífice de su propio destino, habría que partir de que NADIE podría heredar. Así, al menos, todos partirían de la misma situación económica. “¡Vade retro, Satán!”, dirán algunos, quizás muchos. “¡Cómo van a eliminar la herencia!”, agregarán otros tantos.
Pues bien. De eso, precisamente, se trata: de eliminar la herencia.
Ya que no habrán de querer que se elimine la herencia “positiva”, hagan un esfuerzo para eliminar la herencia “negativa”. Y para eso se necesitan leyes que permitan brindar oportunidades, EN SERIO, NO SOLO EN LETRAS MUERTAS NI DE LA BOCA PARA AFUERA.
¿Es una Utopía? ¡Para nada! ¿Se puede lograr? ¡Sí, claro! ¿Por qué no se logra? Simplemente porque hay ricos a los que les convienen los pobres, porque hay políticos que solo miran sus intereses, porque hay narcotraficantes que necesitan adictos a la pasta base, porque hay quienes necesitan ladrones que roben por ellos, porque… porque… porque.
El día en que el trabajo sea un derecho y no una obligación humillante, cuando un maestro gane más que un militar, cuando todos tengan una asignación universal mínima como para no tener el castigo del hambre y la miseria, quizás sea el momento de celebrar. Mientras tanto, no sé. Es como si el perro festejase porque, simplemente, le pusieron una correa más larga.

Redaccion

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