INVERTIR EN EL PAÍS

INVERTIR EN EL PAÍS

Es muy complicado pretender que argentinos que lograron amasar pequeñas (o grandes) fortunas en el extranjero traigan su patrimonio para invertir dentro de la incertidumbre política y financiera que vive el país.

Quizás se necesite más de un período de gobierno para lograr una sustentabilidad financiera que aliente a la radicación de capitales por parte de esos connacionales que, acostumbrados a ver a tanta gente quemarse con leche, apenas escuchan mu ya se ponen a llorar, por las dudas.

Pero también es lógico que, si son argentinos, tengan donde tengan su dinero, tributen a su país de origen. Salvo que renuncien a su nacionalidad.

Suena a extorsión, pero no hay muchas vueltas.

Cuando se habla de la necesaria solidaridad que se requiere para revertir la terrible situación que vive el país, no se está haciendo un llamado a la voluntad de la gente para que se disponga a ayudar al prójimo. Pensemos que si hace como 2.000 años alguien dijo “ama a tu prójimo como a ti mismo” y muy pocos le hacen caso, pocas esperanzas quedan de que adhieran a la propuesta que hiciese el gobierno nacional para generar esa empatía de “motu proprio”.

Si bien es innovador el criterio, podríamos decir que se impone la solidaridad por decreto. Quieras o no ser solidario, el gobierno argentino establece la solidaridad como norma y listo.

Así como hay que respetar a los símbolos patrios, a las autoridades y a las leyes, ahora se instaura la solidaridad como institución. Y a las a las instituciones se las respeta.

Más allá de las banderas políticas, teorías económicas, gustos, favoritismos, odios o lo que fuera, el planteo de una Argentina solidaria parte de la premisa de que no puede haber un argentino que pase hambre. Esa es una premisa indiscutible. Para lograrlo, hasta tanto se dinamicen los factores generadores de riquezas, hay que recurrir a las riquezas ya existentes. Y estas están en manos de la gente rica, obviamente. Ergo, la gente rica deberá aportar para paliar el hambre de los que no tienen para comer.

“¡Pero eso es comunismo!” gritarán algunos. ¡Para nada! Comunismo sería ir y sacarles todo de una vez y listo. Justamente para evitar eso o que de tanta hambre los pobres re rebelen y la cosa se vuelva insostenible, el gobierno toma la única decisión que tiene a mano.

“¿Entonces en vez de que nos roben los ladrones nos roba el gobierno para darle a los pobres? ¿Qué se creen, Robin Hood?” Y… No, pero llamalo como se te antoje. Es una medida de emergencia.

Quienes tengan mucho dinero y teman que el gobierno se los quite, pongan en marcha la imaginación y vean qué pueden hacer para contribuir a que las cosas cambien, generando trabajo, por ejemplo, o abriendo comedores o armando cooperativas o donando tierras o…

Y si no se les ocurre más que llevar (o dejar) el dinero en el extranjero, que tributen un poco más que los que se quedan, trabajan, se esfuerzan, se arriesgan y colaboran solidariamente.

O que se vayan con su dinero y tomen la ciudadanía de Seychelles, Bahamas, Panamá o donde sea que lo tengan. Y listo.

¿Qué esta es una propuesta muy extremista? Puede ser. A veces es necesario llegar a algún extremo para ver si se logra consensuar un término medio.

¡Pero al hambre hay que erradicarlo SÍ o SÍ!